Historias Zen IV
Dialogo Zen
Los maestros del Zen habitúan a sus jóvenes
discípulos a expresarse. Dos templos zen tenían cada
uno su pequeño protegido. Todas las mañanas, uno de
los niños, que iba por verdura, solía encontrarse
de camino con el otro.
-¿A dónde vas?- preguntó una vez el segundo.
-A donde vayan mis pies- respondió el primero.
Esta respuesta dejó perplejo al otro niño; que acudió
a su maestro por ayuda.
-Mañana a la mañana- le dijo el maestro- hazle la
misma pregunta. Te dará la
misma respuesta y tu le preguntarás: "Haz de cuenta
que no tienes pies, ¿A dónde vas?" Eso lo dejará
arreglado.
A la mañana siguiente los niños volvieron a encontrarse.
-¿Adónde vas?- preguntó el uno.
-Adonde sople el viento- respondió el otro.
El jovenzuelo quedó otra vez desconcertado, y acudió
al maestro a dar cuenta de su derrota.
-Pregúntale adónde va si no hay viento- le sugirió.
Al otro día los niños se encontraron de nuevo.
-¿A dónde vas?- preguntó el uno.
-Al mercado, a comprar verdura- respondió el otro.
Las puertas del paraíso
Un soldado, de nombre Nobushigé, acudió a Hakuín
y le preguntó:
-¿Existe realmente un paraíso y un infierno?
-¿Tú quién eres? -indagó Hakuín.
-Un samurai -respondió el otro
-¿Tú, un guerrero? -exclamó Hakuín.
-¿Qué clase de señor te admitiría en
su guardia? Tienes facha de mendigo.
Nobushigé se encolerizó tanto que echó mano
a la espada, pero Hakuín continuó:
-¡Con que tienes un arma! Esa espada probablemente es demasiado
roma hasta para cortarme la cabeza.
Y, cuando ya Nobushigé desenvainaba, Hakuin observó:
-Aquí se abren las puertas del infierno.
A estas palabras, el samurai, notando la disciplina del maestro,
envainó la espada y le hizo reverencia.
-Aquí se abren las puertas del paraíso -dijo Hakuín.
La mente de Piedra
H'gen, un maestro chino del Zen, vivía solo
en un pequeño templo rural. Un día aparecieron cuatro
monjes viajeros y pidieron permiso para encender en su patio un
fuego junto al cual calentarse. Mientras preparaban la fogata, H'gen
los oyó discutir sobre la subjetividad y la objetividad.
H'gen se les reunió y dijo:
-Ahí hay una gran piedra. ¿Consideráis que
está dentro o fuera de vuestra mente?
Uno de los monjes respondió:
-Desde el punto de vista del budismo, todo es una objetivación
de lo mental, así que yo diría que esa piedra está
dentro de mi mente.
-Has de sentir la cabeza muy pesada -observó H'gen- si andas
llevando en tu mente semejante piedra.
Lluvia de flores
Subh–ti era discípulo del Budha. Había
comprendido la fuerza del vacío, la doctrina de que nada
existe sino en su doble relación subjetiva y objetiva. Cierta
vez, Subh–ti, en estado de vacío sublime, estaba sentado
bajo un árbol. Empezaron a caer flores en torno de él.
-Estamos celebrando tu discurso del vacío -le susurraron
los dioses.
-Pero yo ni he mencionado el vacío -dijo Subh–ti.
-Tú no has mencionado el vacío, nosotros no hemos
oído el vacío -respondieron los dioses-. Ese es el
verdadero vacío.
Y los pétalos caían sobre Subh–ti como una lluvia.
Obediencia
A las lecciones del maestro Bankéi acudían no sólo
estudiantes del Zen sino también personas de toda escuela
y estamento. El nunca citaba los sutra ni se entregaba a disertaciones
escolásticas, sino que sus palabras salían directamente
de su corazón al corazón de sus oyentes.
Lo vasto de sus auditorios irritó a un sacerdote de la escuela
Nichirén, porque los adherentes de ella habían desertado
para oír hablar del Zen. El sacerdote, tan centrado en su
propio yo, acudió al templo, decidido a sostener un debate
con Bankéi.
-¡Eh, maestro del Zen!- prorrumpió-. Espera un poco.
Los que te respeten podrán hacer caso a lo que tú
dices, pero un hombre como yo no te respeta. ¿Puedes lograr
que te haga caso?
-Ven junto a mi y te mostraré.- Dijo Bankéi.
Orgullosamente se abrió paso el sacerdote entre la multitud
para acercarse al maestro. Bankéi sonrió.
-Ven, ponte a mi izquierda.
El sacerdote obedeció.
-No, -dijo Bankéi- hablaremos mejor si tú estás
a mi derecha.
El sacerdote, orgullosamente, se pasó a la derecha.
-Ya ves -observó Bankéi-, me estás haciendo
caso, y pienso que eres una persona muy amable. Ahora siéntate
y escucha.
Cada uno con su destino
Un samurai, conocido por todos por su nobleza y honestidad,
fue a visitar a un monje zen en busca de consejos, No obstante,
en cuanto entró en el templo donde el maestro rezaba, se
sintió inferior, y concluyó que a pesar de haber pasado
toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había
ni tan siquiera acercado al estado de gracia del hombre que tenía
frente a él.
- ¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? - le preguntó,
no bien el monje hubo acabado de rezar. - Ya me enfrenté
muchas veces con la muerte, defendí a los más débiles,
sé que no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo,
al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor
importancia.
- Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado
hoy, te daré la respuesta.
Durante todo el día el samurai se quedó sentado en
el jardín del templo, viendo como las personas entraban y
salían en busca de consejos. Vió como el monje atendía
a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su
rostro. Pero su estado de ánimo iba de mal en peor, pues
había nacido para actuar, no para esperar.
Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió:
- ¿Ahora podrá usted enseñarme?
El maestro lo invitó a entrar y lo llevó hasta su
habitación. La luna llena brillaba en el cielo y todo el
ambiente respiraba una profunda tranquilidad.
-¿Ves esta luna, qué bonita es? Ella cruzará
todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar.
Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar
los detalles del paisaje que tenemos a nuestra frente: árboles,
montañas, nubes. He contemplado a los dos durante años,
y nunca escuché a la luna decir "¿Por qué
no tengo el mismo brillo que el sol? ¿es que quizás
soy inferior a él?"
- Claro que no - respondió el samurai - la luna y el sol
son dos cosas diferentes, y cada uno tiene su propia belleza. No
podemos comparar a los dos.
Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes,
cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo
lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.
La taza vacía
Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita
a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste,
contándole de todos los títulos y aprendizajes que
ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.
Después de tan sesuda presentación, le explica que
ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento
Zen.
Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y
ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación,
el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa
vertiendo té aún después de que la taza está
llena.
Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está
llena, y que el té se escurre por la mesa.
El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor.
Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría
usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro
enfatizó: " A menos que su taza esté vacía,
no podrá aprender nada"
El valor de las cosas
Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que
no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no
hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo
puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren
más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver
primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo
una pausa agregó Si quisieras ayudarme tú a mí,
yo podría resolver este tema con más rapidez y después
tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió
que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien-asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba
en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo
al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí
afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque
tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él
la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro.
Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que
puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes.
Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven
decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían,
otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable
como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro
era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán
de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro
de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar
menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba
en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso,
monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa
moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado
al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces
su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste.
Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero
no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero
valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente
el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo.
Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que
él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale
cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no
se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró
con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo
darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-¡¿¿58 monedas??!-exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo
podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero
no sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle
lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-.
Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única.
Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera
descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño
de su mano izquierda.
El general y su reliquia
Un gran general del ejército chino estaba
en su casa apreciando su colección de antigüedades.
En un descuido golpea un precioso jarrón que casi se cae
el piso.
-¡Oh! ¡Qué susto! -exclamó, mientras lo
colocaba nuevamente en su lugar.
Luego pensó: "He dirigido millares de soldados, enfrentando
diversas situaciones de vida o muerte y jamás me atemoricé.
¿Por qué será que hoy por causa de una vasija
me asusté de esa manera?”.
Finalmente comprendió que el hecho de tener en su mente “deseo
y rechazo” era la causa de su miedo. Entonces simplemente
arrojó la valiosa vasija y la quebró.
La medida justa
Existía un hombre muy rico que a pesar de tener mucho
dinero tenía una naturaleza mezquina. No soportaba el hecho
de gastar ni siquiera un centavo de su dinero.
Un día, el maestro zen Mo Hsin fue a visitarlo.
-Suponga que mi puño estuviera cerrado así para siempre,
desde el nacimiento hasta la muerte, sin cambio; ¿cómo
llamaría a esto?... -dijo el monje.
- Una anormalidad.
- Suponga que esta mano estuviera abierta así para siempre,
desde el nacimiento hasta la muerte, sin cambio; ¿cómo
llamaría a esto?...
- Eso también sería una anormalidad.
- Sólo es preciso que usted comprenda lo que acabamos de
conversar, para que se convierta en una persona rica y feliz.
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