Pensamiento Oriental

Shinto

El Shinto es uno y múltiple, antiguo y moderno. Es la muñeca que tiene a su disposición muchos vestidos con que disfrazarse.

Durante su larga historia, que va desde algunos siglos antes de Cristo hasta nuestros días, se ha abierto a todas las corrientes culturales que vinieron de Corea y de China, enriqueciéndose progresivamente sin perder sus rasgos esenciales. Cuando parecía ya muerto por el apoyo abierto de los caudillos Tokugawa al budismo y al confucianismo, se renovó hasta suplantar a sus rivales e imponerse como el principio inspirador de la restauración Meiji (1868). La derrota de 1945 y la consiguiente abdicación del emperador a sus privilegios divinos parecieron sellar su fin. Sin embargo, no fue así.

Cada vez son más numerosos los que ven en el Shinto la expresión de los sentimientos más íntimos y vitales del pueblo japonés, la clave más valiosa y eficaz para interpretar la historia y cultura de Japón.

¿Una religión o una manera de vivir?

Se ha discutido y se discute si se puede considerar al Shinto una religión como se la entiende en Occidente. En su favor se aduce al hecho de que en la actualidad se incluye oficialmente entre las religiones del país y que implica, en su estructura, una relación con lo sagrado, con santuarios, ritos y sacerdotes como en las otras religiones.

Sin embargo, la mayor parte de los japoneses consideran al Shinto como la expresión de la cultura tradicional, una manera de vivir que se conecta con determinadas manifestaciones populares (festivales), familiares (culto a los antepasados), o nacionales (fiestas patrias, culto a los héroes).

De hecho, el Shinto difiere de otras religiones porque no tiene libros sagrados, ni una estructura jerárquica o dogmas; no es el producto de una revolución de ideas o de un gran hecho histórico como el budismo, el islamismo, o el cristianismo; no se conecta a un fundador o a maestros calificados. En este sentido presenta muchos elementos comunes con el hinduísmo.

Según algunos estudiosos se trataría de una "religión civil" que encara un acercamiento a la Realidad Suprema, manifestada en la naturaleza, en una forma nacional y social, dejando a cada individuo la libertad de elegir la religión que quiere o también de no tener ninguna.

Hay que reconocer en el Shinto un intento por encontrar un sentido a la existencia con una vinculación a lo trascendente y esto lo caracteriza como religión. Semejante experiencia religiosa se ha realizado con los rasgos típicos de las sociedades primitivas que no hacen distinción entre sagrado y profano, realidad empírica y trascendente, religión y magia.

La falta de un poder central, de principios doctrinales absolutos y de un estricto código moral, permitió la adaptación a las sucesivas corrientes culturales procedentes de Corea y China. Así, la cosmovisión indígena primitiva, enriquecida por los aportes del desarrollo histórico nacional, llegó hasta la actualidad moldeando y preservando las características esenciales del alma japonesa. Por eso Ono Sokyo pudo escribir: "El Shinto es más que una fe religiosa. Es la amalgama de las ideas, actitudes y comportamientos que, a través de más de 2.000 años, se han construido como una parte integrante del estilo de vida del pueblo japonés".

Otros lo definieron como "el conjunto de los factores emotivos e inconscientes de la raza japonesa", o "la toma de conciencia de la mentalidad mítica japonesa". Estas definiciones confieren al Shinto una connotación "étnica" y "secular" con consecuencias prácticas muy importantes.

Orígenes

El Shinto se conecta con los primero grupos étnicos que dieron origen a la raza japonesa. De dónde y cuándo hayan venido es todavía una incógnita y objeto de discusión para los antropólogos. Acaso existieron seres humanos en Japón desde el paleolítico, como lo probarían instrumentos de piedra, aunque no relacionados con los restos de esqueletos, que proceden de la cultura precerámica.

Los más probables antepasados de los japoneses de hoy entraron en el archipiélago durante el neolítico hace unos 15.000 años. Los antropólogos han individualizado nueve grupos diferentes, entre los que predominaban los mongoles, provenientes del Norte de Asia, los malayos y polinesios inmigrados, vía Okinawa, desde el sudeste asiático y la Polinesia, y los ainos de linaje blanco desplazados de su sede en el Cáucaso.

Estos grupos se asentaron sobre todo en las tres islas más importantes: Hokkaido, Honshu y Kyushu, constituyendo zonas de influencia con tradiciones culturales y religiones distintas. Su convivencia no debió ser siempre pacífica. Enfrentamientos y luchas determinaron desplazamientos y la desaparición de grupos menores hasta que, de ese crisol heterogéneo, tuvo nacimiento un mestizaje nacional coherente con un idioma y rasgos culturales comunes.

Este movimiento de unificación empezó en la época Yayoi (siglo II a.C. al siglo III d.C.) y se acentuó en los siglos IV y V, con centro primero en el norte de Kyushu, y después, en Yamato (provincia de Nara). Hubo, pues, un largo proceso de aculturación que dio origen a algo nuevo y específico. Mitos y ritos, en un comienzo, muy diferentes y hasta opuestos, que poco a poco se fueron unificando y convergiendo hacia algunos puntos comunes, sin adquirir nunca una rígida estructura organizativa, doctrinal o moral.

En el siglo VII a este conjunto de creencias y prácticas se le dio el nombre de Shinto, para distinguirlo del budismo y del confucianismo (entrados en Japón en el siglo VI), y que habían influido notablemente en la religión primitiva.

El Shinto emergió así de la tradición prehistórica como heredero de las creencias nativas, y como producto de la vida y del temple de un pueblo japonés. Hay que entender esto en el marco de la aculturación, ya mencionada. Los grupos étnicos primitivos, y las sucesivas olas inmigratorias que siguieron, dieron su aporte específico, por eso en la síntesis que se elaboró progresivamente es posible hallar semejanzas con mitos, ritos y prácticas mágico-religiosas de Siberia, Corea, China, sudeste asiático y Polinesia. Lo mismo debe decirse de las huellas dejadas por el taoísmo, el confucianismo y el budismo.