Pensamiento Clásico
El banquete o del amor (argumento) - Platón
El objeto de este diálogo es el Amor. He aquí por
de pronto el preámbulo, ninguna de cuyas circunstancias es indiferente.
El ateniense Apolodoro cuenta a varias personas, que no se citan, la historia
de una comida dada por Agatón a Sócrates, Fedro, el médico
Eriximaco, el poeta cómico Aristófanes y a otros, cuando alcanzó
el premio por su primera tragédia. Apolodoro no asistió a la comida,
pero supo los pormenores por un tal Aristodemo, uno de los convidados, cuya
veracidad está comprobada por el testimonio de Sócrates. Estos
pormenores están tanto más presentes en su memoria cuanto que
de allí a poco tuvo ocasión de referirlos. Hasta los más
sencillos tienen su importancia. Ya tenemos a los convidados reunidos en la
casa de Agatón; sólo Sócrates se hace esperar. Se le ve
dirigirse pensativo a la casa de Agatón y detenerse largo rato a la puerta,
inmóvil y absorto, a pesar de las repetidas veces que se le llama, mientras
se da principio a la comida. ¿No es esto una imagen sensible de su frugalidad
proverbial, de su tendencia decidida a la meditación más que a
esa actividad exterior que distrae a los demás hombres? Entra, por fin,
a casa de Agatón al terminarse la comida, y su llegada imprime a la reunión
un carácter de sobriedad y de gravedad desacostumbradas. Siguiendo el
consejo de Eriximaco, los convidados acuerdan beber moderadamente, despedir
a la tocadora de flauta y entablar alguna conversación. ¿De qué
se hablará? Del Amor. He aquí a Platón en su elemento.
¡Con qué arte prepara al espíritu para oir la teoría
que va a desenvolver naturalmente, y al propio tiempo con rigor lógico,
en el discurso que cada uno de los convidados debe pronunciar sobre el Amor!
¡Y qué esmero para evitar la monotonía, conservando a estos
sagaces contrincantes la manera de pensar y de decir acomodada al carácter
y profesión de cada uno! Fedro habla como un joven, pero joven cuyas
pasiones se han purificado con el estudio de la filosofía; Pausanias,
como hombre maduro, a quien la edad y la filosofía han enseñado
lo que no sabe la juventud; Eriximaco se explica como médico; Aristófanes
tiene la elocuencia del poeta cómico, ocultando bajo una forma festiva
pensamientos profundos; Agatón se expresa como poeta. En fin, después
de todos los demás y cuando la teoría se ha elevado por grados,
Sócrates la completa y la expresa en un lenguaje maravilloso, propio
de un inspirado.
Fedro toma primero la palabra, para hacer del Amor un elogio
muy levantado. Este panegírico es el eco del sentimiento de esos pocos
hombres, a quienes una educación liberal ha hecho capaces de juzgar al
Amor aparte de su sensualidad grosera y en su acción moral. El Amor es
un dios, y un dios muy viejo, puesto que ni los prosistas ni los poetas han
podido nombrar a su padre ni a su madre; lo que significa, sin duda, que es
muy dificil sin estudio explicar su origen. Es el dios que hace más bienes
a los hombres, porque no consiente la cobardía a los amantes y les inspira
la abnegación. Es como un principio moral que gobierna la conducta, sugiriendo
a todos la vergüenza del mal y la pasión del bien. "De manera
que si por una especie de encantamiento, un Estado o un ejercito sólo
se compusiese de amantes y amados, no habría pueblo que sintiera más
hondamente el horror al vicio y la emulación por la virtud." En
fin, es un dios que procura la felicidad del hombre, en cuanto le hace dichoso
sobre la tierra y dichoso en el cielo, donde el que ha obrado bien recibe su
recompensa.
"Concluyo -dice Fedro-, diciendo que, de todos los dioses,
el Amor es el más antiguo, el más augusto y el más capaz
de hacer al hombre virtuoso y feliz durante la vida y después de la muerte."
Pausanias es el segundo en turno. Corrige, por lo pronto, lo
que hay de excesivo en este entusista elogio. Después precisa la cuestión,
y coloca la teoría del Amor a la entrada del verdadero camino, camino
de una indagación filosófica. El Amor no camina sin Afrodita,
es decir, que no se explica sin belleza; primera indicación de este lazo
estrecho, que se pondrá después en evidencia, entre el Amor y
lo Bello. Hay dos afroditas: la una antigua, hija del cielo y que no tiene madre,
es la Afrodita Urania o celeste; la otra, más joven, hija de Zeus y de
Dione, es la Afrodita popular. Hay por tanto dos Amores, que corresponden a
las dos Afroditas; el primero, sensual, brutal, popular, sólo se dirige
a los sentidos; es un amor vergonzoso y que es necesario evitar. Pausanias,
después de haber señalado desde el principio este punto olvidado
por Fedro, estimando bastante estas palabras no se fija más en él
en todo el curso de su explicación. El otro amor se dirige a la inteligencia,
por tanto, el sexo que participa más de la inteligencia, el sexo masculino.
Este amor es digno de ser honrado y deseado por todos. Pero exige, para que
sea bueno y honesto, de parte del amante, muchas condiciones difíciles
de reunir. El amante no debe unirse a un amigo demasiado joven, pues que no
puede prever lo que llegarán a ser el cuerpo y el espíritu de
su amigo; el cuerpo puede hacerse deforme, agrandándose, y el espíritu
corromperse; y es muy naural evitar estos percances buscando jóvenes
ya hechos y no niños. El amante debe conducirse para con su amigo conforme
a las reglas de lo honesto. "Es deshonesto cenceder sus favores a un hombre
vicioso por malos motivos." No lo es menos concederlos a un hombre rico
poderoso por el deseo de dinero o de honores. El amante debe amar el alma, y
en el alma la virtud. El amor entonces está fundado en un cambio de recíprocos
servicios entre el amante y el amigo, con el fin "de hacerse mutuamente
dichosos". Estas reflexiones de Pausanias, cada vez más elevadas,
han extraído el elemento de la cuestión, que habrá de ser
el asunto en los demás discursos, elemento a la vez psicológico
y moral, susceptible aún de transformaciones y de engrandecimiento.
El médico Eriximaco, que habla en tercer lugar, guarda,
en su manera de examinar el Amor, en la naturaleza del desenvolvimiento que
da a su pensamiento y hasta en su dicción, todos los rasgos familiares
a su sabia profesión. Acepta desde luego lo distinción de los
dos amores designados por Pausanias; pero camina mucho más adelante.
Se propone probar que el Amor no reside sólo en el alma de los hombres,
sino que está en todos los seres. Le considera como la unión y
la armonía de los contrarios y demuestra la verdad de su definición
con los ejemplos siguientes. El Amor está en la medicina, en el sentido
de que la salud del cuerpo resulta de la armonía de las cualidades que
constituyen el tempertamento bueno y el malo; y el arte de un buen médico
consiste en ser hábil para restablecer esta armonía cuando es
turbada, y para mantenerla. El Amor está en los elementos, puesto que
es preciso el acuerdo de los seco y de lo húmedo, de lo caliente y de
lo frío, naturalmente contrarios, para producir una temperatura dulce
y regular. ¿No se da iguelmente el Amor en la música, esta combinación
de sonidos opuestos, del grave y del agudo, del lleno y del tenue? Lo mismo
en la poesía, cuyo ritmo no es debido sino a la unión de las sílabas
breves y de las largas. Lo mismo en las estaciones, que son una feliz combinación
de los elementos, una armonía de influencia, cuyo conocimiento es el
objeto de la astronomía. Lo mismo, en fin, en la adivinación y
en la religión, puesto que su objeto es mantener en proporción
conveniente lo que hay de bueno y de vicioso en la naturaleza humana, y hacer
que vivan en buena inteligencia los hombres y los dioses. El Amor está
en todas partes; malo y funesto, cuando los elementos opuestos se niegan a unirse
y, predominando el uno sobre el otro, hacen imposible la armonía se realiza
y se mantiene. Como fácilemente se ve, el punto culminante de este discurso
es la definición nueva del amor; la unión de los contrarios. La
teoría ha ganado en extendión abriendo al espíritu un horizonte
muy vasto, puesto que saliendo del dominio de la psicología, en que estaba
encerrada al principio, tiende a abrazar el orden de las cosas físicas
por entero.
Aristófanes, que en lugar de hablar en su turno, había
cedidola palabra a Eriximaco, sin duda porque lo que él tenía
que decir sobre el Amor debía relacionarse con el lenguaje del sabio
médico mejor viniendo después que no antes, Aristófanes,
digo, entra en un orden de ideas que parecen diametralmente opuestas, y que,
sin embargo, en el fondo concuerdan con aquéllas. El Amor es, a su parecer,
la unión de los semejantes. Para confirmar su opinión y dar a
su vez pruebas completamente nuevas de la universalidad del Amor, imagina una
mitología a primera vista muy singular.
Primitivamente había tres especies de hombres, unos todo
hombres otros todo mujeres, y los terceros hombres y mujeres, los andróginos,
especie en todo inferior a las otras dos. Estos hombres eran dobles: dos hombres
unidos, dos mujeres unidas un hombre y una mujer unidos. Estaban unidos por
el ombligo, y tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos semblantes en
una misma cabeza, opuestos el uno al otro y vueltos del lado de las espalda,
los órganos de la generación dobles y colocados del lado del semblante,
por bajo de la espalda. Los dos seres unidos de esta manera, sintiendo amor
el uno por el otro, engendraban sus semejantes, no uniéndose, sino dejando
caer la semilla a tierra como las cigarras. Esta raza de hombres era fuerte.
Se hizo orgullosa y atrevida hasta el punto de intentar, como los gigantes de
la fábula, escalar el cielo. Para castigales y disminuir su fuerza, Zeus
resolvió dividir estos hombres dobles. Comenzó por cortarles haciendo
de uno dos, y encargó a Apolo la curación de la herida. El dios
arregló el vientre y el pecho, y para humillar a los culpables, volvió
el semblante del lado en que se hizo la separación para que tuvieran
siempre a la vista el recuerdo de de su desgracia. Los órganos de la
generación habían quedado del lado de la espalda, de suerte que
cuando las mitades separadas, atraídas por el ardor del amor, se aproximaban
la una a la otra, no podían engendrar; la raza se perdía. Zeus
intervino, puso estos órganos en la parte anterior e hizo posibles la
generación y la reproducción. Pero desde entonces la generación
se hizo mediante la unión del varón con la hembra, y la sociedad
hizo que se separaran los seres del mismo sexo primitivamente unidos. Sin embargo,
en el amor que sienten el uno por el otro, han guardado el recuerdo de su antiguo
estado; los hombres, nacidos de hombres dobles, se aman a su vez; como las mujeres,
nacidas de los andróginos, aman a los hombres, y como los hombres, nacidos
de los mismos andróginos, aman a las mujeres.
¿Cuál es el objeto de este mito? Al parecer explicar
y clasificar todas las especies del amor humano. Las conclusiones, que desde
este doble punto de vista se sacan, están tan profundamente grabadas
con el sello de las costumbres griegas en la época de Platón,
que resultan en completa contradicción con los sentimientos que el espíritu
moderno y el cristianismo han hecho prevalecer. porque tomando por punto de
partida la definición de Aristófanes de que el Amor es la unión
de los semejantes, se llega a esta consecuencia: que el amor del hombre por
la mujer y de la mujer por el hombre es el más inferior de todos, puesto
que es la unión de dos contrarios. Es preciso poner por cima de él
el amor de la mujer, apetecido por los Tribades, y sobre estos dos amores el
del hombre por el hombre, el más noble de todos. No sólo es más
noble, sino que en sí mismo es el único amor verdadero y durable.
Y así, cuando las dos mitades de un hombre doble, que se buscan sin cesar,
llegan a encontrarse, experimentan en el acto más violento amor, y no
tienen otro deseo que el de unirse íntima e indisolublemente para volver
a su primitivo estado. Este es el extremo en que la opinión de Aristófanes
se aproxima a la de Eriximaco. Hay entre ellos este punto común: que
el amor ponderado por uno como la armonía de los contrarios y por otro
como la unión de los semejantes, es para ambos el deseo de la unidad.
Esta idea saca la teoría de la psicología y de la física
para elevarla a la metafísica.
Agatón toma a su vez la palabra. Es poeta y hábil
retórico también, y su discurso exhala un perfume de elegancia.
Anuncia que va a completar lo que falta aún a la teoría del Amor,
preguntándose luego cuál es su naturaleza, y, atendida su naturaleza,
cuáles sus efectos. El Amor es el más dichoso de los dioses; es
de naturaleza divina. ¿Y por qué el más dichoso? Porque
es el más bello, y el más bello por que es el más joven,
escapa siempre a la ancianidad y es compañero de la juventud. Es el más
tierno y el más delicado, puesto que no escoge su estancia sino en el
alma de los hombres, que es después de los dioses lo más delicado
y lo más tierno que existe. Es también el más sutil, sin
lo cual no podría, como lo hace, deslizarse por todas partes, penetrar
en todos los carazones y salir de ellos; y el más gracioso, puesto que,
fiel al viejo adagio de que el Amor y la fealdad están en guerra, va
siempre acompañado por la hermosura. El Amor es el mejor de los dioses,
como lo es el más justo, puesto que no ofende nunca ni nunca es ofendido;
es más moderado, puesto que la templanza consiste en dominar los placeres,
y no hay un placer mayor que el Amor; el más fuerte, porque ha vencido
al mismo Ares, al dios de la victoria; el más hábil, en fin porque
a su arbitrio crea a los poetas, de Heafaístos, de Palas Atenea y de
Zeus. Después de esta ingeniosa pintura de la naturaleza del Amor, Agatón
quiere, como se había propuesto, celebrar sus beneficios. Lo hace en
un peroración brillante, grabada con ese sello de elegancia un tanto
amanerada que caracterizaba su talento, y del cual Platón ha querido
presentar una copia fiel y algún tanto irónica. "La elocuencia
de Agatón, va a decir sócrates, me recuerda a Gorgias".
Todos los convidados han expresado libremente sus ideas sobre
al amor; Sócrates es el único qu continúa silencioso. No
sin razón habla el último. Evidentemente es el intérprete
directo de Platón, y en su discurso es donde expresamente debe buscarse
la teoría platoniana. He aquí por qué se compone de dos
partes: la una, crítica, en la que Sócrates rechaza lo que le
parece inadmisible en todo lo que se había dicho y especialmente en el
discurso de Agatón; la otra, dogmática, donde da, respetando la
división de Agatón, su propia opinión sobre la naturaleza
y sobre los efectos del amor. Veamos el análisis.
El discurso de Agatón es muy bello, pero quizá
tiene más poesía que filosofía; quizá es más
aparente que verdadero. Sienta, en efecto, que el Amor es un dios, que es bello
y que es bueno; pero nada de esto es cierto. El Amor no es bello, porque no
posee la belleza por lo mismo que la desea; y sólo se desea lo que no
se tiene. Tampoco es bueno, puesto que siendo lo bueno inseparable de lo bello,
todas las cosas buenas son bellas. Se sigue de aquí que el Amor no es
bueno, porque no es bello. Resta probar que no es un dios. Aquí, por
un artificio de la composición, que parece un especie de protesta implícita
contra el papel tan inferior que la mujer ha hecho hasta el momento, en esta
conversación sobre el amor, Platón expone sus opiniones por boca
de una mujer, la extranjera de Mantinea, antes de dejarlas expresar a Sócrates.
De boca de Diotima, "entendida en amor y en otras muchas
cosas", dice Sócrates que ha aprendido todo cuanto sabe sobre el
Amor. Primero le ha hecho entender que el Amor no es ni bello ni bueno, como
lo ha probado, y por consiguiente que no es un dios. Si fuese un dios, seria
bello y bueno; porque los dioses, como nada les falta, no pueden estar privados
ni de la bondad ni de la belleza. ¿Quiere decir esto que el Amor sea
un ser feo o malo? Esto no sigue necesariamente de lo dicho, porque entre la
belleza y la fealdad, entre la bondad y la maldad, hay un medio, como lo hay
entre la ciencia y la ignorancia. ¿Pues qué es, en fin? El Amor
es un ser intermedio entre el motal y el inmortal, en una palabra, un demonio.
La función propia de un demonio consite en servir de intérprete
entre los dioses y los hombres, llevando de la tierra al cielo los votos y el
homenaje de los mortales, y del cielo a la tierra las voluntades y beneficios
de los dioses. Por esta razón, el Amor mantiene la armonía entre
la esfera humana y la divina, aproxima estas naturalezas contrarias, y es, con
los demás demonios, el lazo que une el gran todo. Esto equivale a decir
que el hombre, por el esfuerzo del amor, se eleva hasta Dios. Es el fondo, que
se presiente, del verdadero pensamiento de Patón; pero falta desenvolverlo
y aclararlo.
De nada serviría conocer la naturaleza y la misión
del Amor si se ignorasen su origen, su objeto, sus efectos y su fin supremo.
Platón no quiere dejar estas cuestiones en la oscuridad. El Amor fue
concebido el día del nacimiento de Afrodita; nació del dios de
la abundancia, Poros, y del de la pobreza, Penia; esto explica a la vez su naturaleza
divina y su carácter. De su madre le viene el ser flaco, consumido, sin
abrigo, miserable; y de su padre el ser fuerte, varonil, emprendedor, robusto,
hábil y afortunado cazador, que sigue sin cesar la pista de las buenas
y bellas acciones. Es además apasionado por la sabiduría, que
es bella y buena por excelencia; no siendo ni bastante sabio para poseerla,
ni bastante ignorante para creer que la posee. Su objeto, en último resultado,
es lo bello y el bien, que Platón identifica bajo una sola palabra: la
belleza. Pero es preciso saber bien lo que es amar lo bello; es desear apropiárselo
y poseerlo siempre, para ser dichoso. Y como no hay un solo hombre que no ande
en busca de su propia felicidad, es preciso distinguir, entre todos, aquel de
quien puede decirse que persigue la felicidad mediante la posesión de
los bello. Es el hombre que aspira a la producción de la belleza mediante
el cuerpo y según el espíritu; y como no se cree completamente
dichoso si no se perpetúa esta producción sin interrupción
y sin fin, se sigue que el Amor no es realmente otra cosa que el deseo mismo
de la inmortalidad. Esta es la única inmortalidad posible al hombre respecto
del cuerpo. Se produce por el nacimiento de los hijos, por la sucesión
y sustitución de un ser viejo por un ser joven. Este deseo de perpetuarse
es el origen del amor paterno, de esta solicitud para asegurar la transmisión
de su nombre y de sus bienes. Pero por cima de esta producción y de esta
inmortalidad mediante el cuerpo, hay las que tienen lugar según el espíritu.
Estas son las propias del hombre que ama la belleza de alma, que le ha seducido,
los rasgos inestimables de la virtud y del deber. De esta manera perpetúa
la sabiduría, cuyos gérmenes estaban en él, y se asegura
una inmortalidad muy superior a la primera.
Las últimas páginas del discurso de Sócrates
están consagradas a expresar la serie de esfuerzos mediante los que el
Amor se eleva de grado en grado hasta su fin supremo. El hombre poseído
por el Amor se encanta desde luego, de un cuerpo bello, y después de
todos los cuerpos bellos, cuyas bellezas son hermanas entre sí. Es el
primer grado del amor. Luego se enamora de las almas bellas y de todo lo que
en ellas es bello: sus sentimientos y sus acciones. Franquea este segundo grado
para pasar de la esfera de las acciones a la de la inteligencia. Allí
se siente enamorado de todas las ciencias, cuya belleza le inspira, con una
fecundidad inagotable, los más elevados pensamientos y todas esas grandes
ideas que constituyen la filosofía. Pero, entre todas las ciencias, hay
una que cautiva toda su alma, que es la ciencia misma de lo Bello, cuyo conocimiento
es el colmo y la perfección del Amor. ¿Y qué es esta belleza
que tanto se desea y que tan difícil es de conseguir? Es la belleza en
sí, eterna, divina, única belleza real, y de la que no son todas
las demás sino un reflejo. Iluminado con su pura e inalterable luz, el
hombre privilegiado, que llega a contemplarla, siente al fin nacer en él,
y engendra en los demás, toda clase de virtudes. Este hombre es el verdaderamente
dichoso, el verdaderamente inmortal.
Después del discurso de Sócrates parece que nada
queda por discutir sobre el amor, y que el Banquete debe concluir. Pero Platón
tuvo por conveniente poner de relieve, cuando no se esperaba, la elevación
moral de su teoría mediante el contraste que presenta con la bajeza de
las inclinaciones ordinarias de los hombres. Por esto, en este instante se presenta
Alcibíades, medio ebrio, coronada su cabeza con hiedra y violetas, acompañado
de tocadores de flauta y de una porción de sus compañeros de embriaguez.
¿Que quiere decir esta orgía en medio de estos filósofos?
¿No pone a la vista, para usar las expresiones de Platón, el eterno
contraste de la Afrodita popular y de la Afrodita celeste? Pero el ingenioso
autor del Banquete ha hecho que produjera otro resultado importante. La orgía,
que amenazaba ya hacerse contagiosa, cesa como por encanto en el instante en
que Alcibíades ha reconocido a Sócrates. ¡Qué imagen
del poder, a la vez que de la superioridad de esta moral de Sócrates,
se muestra en el discurso en que Alcibíades hace, como a su pesar, el
elogio más magnífico de este hombre encantador, dejando ver su
cariño para con la persona de Sócrates, su admiración al
contemplar esta razón serena y superior, y su vergüenza al recordar
sus propios extravíos!
Después que Alcibíades concluye de hablar, comienza
a circular la copa entre los convidados, hasta que todos, unos en pos de otros,
van cayendo en la embriaguez. Sócrates, único invencible, porque
su pensamiento extraño a estos desórdenes, preserva de ellos a
su cuerpo, conversa sobre diferentes asuntos con los que resisten hasta los
primeros albores del día. Entonces, y cuando todos los convidados se
han entregado al sueño, abandona la casa de Agatón, para ir a
dedicarse a sus ocupaciones diarias; última manifestación de esta
alma fuerte, que la filosofía había hecho invulnerable a las pasiones.
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