Historias y cuentos
El brujo postergado - Don Juan Manuel
En Santiago había un deán que tenía codicia
de aprender el arte de la magia. Oyó decir que don Illán de Toledo
la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.
El día que llegó enderezó a la casa de don
Illán y lo encontró leyendo en una habitación apartada.
Este lo recibió con bondad y le dijo que postergara el motivo de su visita
hasta después de comer. Le señaló un alojamiento muy fresco
y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de comer, el deán
le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le
enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba
que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que
temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió
y aseguró que nunca olvidaría aquella merced, y que estaría
siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán
que las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado,
y, tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo
piso había una gran argolla de fierro. Antes le dijo a la sirvienta que
tuviese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandaran.
Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra
bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado
tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había
una celda y luego una biblioteca y luego una especie de gabinete con instrumentos
mágicos. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres
con una carta para el deán, escrita por el obispo, su tío, en
le que le hacía saber que estaba muy enfermo y que, si quería
encontrarlo vivo, no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas,
lo uno por la dolencia de su tío, lo otro por tener que interrumpir los
estudios. Optó por escribir una disculpa y la mando al obispo. A los
tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán,
en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban
eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo eligieran a
él. Decían también que no se molestara en venir, puesto
que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.
A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos,
que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos, y lo saludaron obispo. Cuando
don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría
al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas
nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno
de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo
para si propio hermano, pero había determinado favorecerlo y que partiesen
juntos para Santiago.
Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores.
A los seis meses recibió el obispo mandaderons del Papa que le ofrecía
el arzobispado de Tolosa, dejando así en sus manos el nombramiento de
sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa
y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le hizo saber
que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de
su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos
a Tolosa. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.
Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores
y misas. A los dos años, recibió el arzobispo mandaderos del Papa
que le ofrecían el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento
de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó su antigua
promesa y le pidió ese título para si hijo. El Cardenal le hizo
saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano
de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos
para Roma. Don Illán no tuvo más remedio que asentir. Fueron para
Roma los tres, donde los recibieron con honores, misas y procesiones. A los
cuatro años murió el Papa y nuestro Cardenal fue elegido para
el papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó
los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió
el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel,
diciéndole que bien sabía él que no era más que
un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas.
El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió
algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán
(cuyo rostro se había remozado de un modo extraño) dijo con una
voz sin temblor:
- Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche
encargué.
La sirvienta se presentó y don Illán de dijo que
las asara. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea
en Toledo, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud
que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba,
le negó su parte de las perdices y lo acompaño hasta la calle,
donde le deseó feliz viaje y los despidió con gran cortesía.
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