Historias y cuentos
La isla desconocida - Saramago, José
Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo,
Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas,
pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba
todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase:
los obsequios que le ofrecían a él), cada vez que
oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se
hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear
de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio,
escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas
comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende),
daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería
el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces,
el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste
llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez
mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza,
que, no teniendo en quien mandar, entreabría la puerta de
las peticiones y preguntaba por el resquicio. Y tú, qué
quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea,
pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba
en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese,
de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado
como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta,
y ya no era chica señal de atención al bienestar y
felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado
por escrito al primer secretario, que, excusado será decirlo,
pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero,
sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza,
que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera
levantado.Sin embargo, en el caso del hombre que quería un
barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la
limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú
qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre
de todos, un título, una condecoración, o simplemente
dinero, respondió, Quiero hablar con el rey, Ya sabes que
el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios,
respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré
de aquí hasta que él venga personalmente para saber
lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo
largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque
hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole
por encima. Ahora bien, esto suponía un enorme problema,
si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática
de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante de
cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una
respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer
sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba
con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al
ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos,
más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir,
contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo,
el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas,
al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo,
aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía
inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios.En
el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación
entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de
tres días, y en real persona, se acercó a la puerta
de las peticiones (...) Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de
la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba
mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó
que parecía mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar
con un súbdito a través de una rendija, como si le
tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la
limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe
qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería
un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír
los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a
esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería
y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron
aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad
del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto
apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey
(nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona
en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo
a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que,
atraída por el alborozo repentino, se asomó a las
ventanas de las casas, en el otro lado de la calle.
La única persona que no se sorprendió fue el hombre
que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó
en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días,
acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien,
nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había
mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado
de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos,
hizo tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por
qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo
más nada que hacer; pero el hombre sólo respondió
a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó
al Rey hasta tal punto desconcertado, que la mujer de la limpieza
se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella
se sentaba (...) Mal sentado, porque la silla de enea era mucho
más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de
acomodar las piernas (...) Y tú para qué quieres un
barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó (...)
Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre, Qué
isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como
si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías
de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así
de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre,
ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que
ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En
los mapas, están sólo las islas conocidas, Y qué
isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir,
entonces no sería desconocida, A quién has oído
hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio,
A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir
que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una
isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco,
Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién
eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres
para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del
reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú
a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó
el rey inquieto, Que tú sin ellos eres nada, y que ellos,
sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis
pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo
te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será
para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas,
También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo,
Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco,
Darás.Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila
firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes,
minuto tras minuto, desde el principio de la conversación
iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él
que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor
del hombre que quería el barco, comenzando a gritar, Dale
el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle
a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia de palacio para
que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera
disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían
a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo,
gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan
ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado
con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de
los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo
silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación
tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos
para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público
no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino
a pedir un barco (...) Vas al muelle, preguntas por el capitán
del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé
el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco
leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo
del nombre del rey, y eran estas las palabras que él había
escrito sobre el hombre de la mujer de la limpieza, Entrega al portador
un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien
y sea seguro (...)
Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone
que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya
se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza
mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó
del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos
podían avanzar por fin, superfluo será explicar que
la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al
sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya
estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar
a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está,
dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta,
la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, es.
Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara
de circunstancias con que la mujer de la limpieza había estado
mirando, ya que, en ese preciso momento, tomó la decisión
de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto
para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una
vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora
de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación
verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría (...)
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle,
preguntó por el capitán, y mientras venía,
se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos
que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya
sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara
en este punto (...) Un poco apartada de allí, escondida detrás
de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por
los barcos atracados. Para mi gusto, aquél, pensó,
aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido
contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán
del puerto.
El capitán vino, leyó la tarjeta, miró
al hombre de arriba abajo, y le hizo la pregunta que al rey no se
le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carné de
navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé
en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría,
capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame
entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos
no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí,
Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si
tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió
a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes
decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la
isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo
el rey, Lo que él sabe de islas, lo aprendió conmigo,
Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas
eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo,
y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas
mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entendí,
vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca,
Lo sabré cuando llegue, Si llegas. Sí, a veces se
naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir
en los anales del puerto que el punto a donde llegué fue
ese, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías
quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo.
Voy a a darte la embarcación que te conviene, Cuál,
Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en
que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál,
Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél.
Así que la mujer de la limpieza percibió para donde
apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás
de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que
perdonarle la insólita reivindicación de propiedad,
a todo título abusiva, el barco era aquel que le había
gustado, simplemente. Parece una carabela (...), después
pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco,
Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto
conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando
se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable.
La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero
otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No
te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza,
Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría
la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué
no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas,
Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque
de hoy en adelante sólo limpiaré barcos. Entonces
estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida,
Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo
así, ve para la carabela mira cómo está aquello
después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado,
y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir
conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa,
fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente
la mejor manera de tener, tener debe ser la peor manera de gustar.
El capitán del puerto interrumpió la conversación,
Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o
a otro, resuélvanse, a mí tanto me da, Los barcos
tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí
están las bodegas y los pañoles, y el camarote del
comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo,
yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán
para recoger las llaves, después entró en el barco,
dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las
gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la
pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas
se precitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas,
como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían
con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó
el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien
los pies en la pasarela, y, remolineando la escoba como si fuese
un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner
en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró
en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había
nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía
con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera
de comida (...) Tiró al agua los nidos vacíos, los
otros los dejó, luego veremos. Después se remangó
las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la
dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió
a un examen minucioso del estado de las costuras, ha pasado tanto
tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables
del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver
cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les
sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente,
se aflojan, se ablandan, pierden nervio, Y las costuras son los
nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza (...)
Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó
con señalarlas (...) En cuanto a los otros pañoles,
enseguida vio que estaban vacíos (...) Ya le enfadó,
y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol
respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal
rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco:
no falta mucho para que el sol se ponga, y él aparecerá
por ahí clamando que tiene hambre (...)
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol
acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía
un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un
bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de
la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, pero antes de que abriera
la boca para enterarse de cómo había transcurrido
el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo
comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como
puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos,
volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas,
y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de
sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse
en aventuras oceánicas a la búsqueda de un imposible,
como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar
tenebroso. Y tú qué les respondiste, Que el mar es
siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo
podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco,
Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es
tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas
color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro
nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces
parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué
piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía
no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí,
yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle,
y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión,
como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso,
pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién
soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti,
no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey,
cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí,
para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por
filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello
no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú
qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la
isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos
de nosotros mismos, quieres decir, No es igual (...) Dijo el hombre,
Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que
para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo
de acuerdo. Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces
por fuera, Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de
las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste
agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero
eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo
aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como
tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías
a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya
estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación
sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro
es el barco. Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro,
el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado
la vuelta por el barco: una carabela, incluso transformada, no da
para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo
tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a
decirle al rey que ya no la quiero. Te desanimas a la primera contrariedad,
La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no
desití. Si no encuentras marineros que quieran venir, ya
nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas
no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo
tendría que estar siempre al timón, y tú, ni
vale la pena explicarlo, es un disparate, Después veremos,
ahora vamos a cenar (...) Es realmente bonita nuestra carabela,
dijo la mujer, y enmendó enseguida. La tuya, tu carabela,
Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues
o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se
la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas
no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi
abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra,
y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar,
Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas
necesarias para un viaje como éste que no se sabe dónde
nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que
esperar a que sea la estación propia, y salir con marea buena,
y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás
riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir
por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré
a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna inluminaba
la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita,
pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela.
La mujer, ésa, no pensó nada, debía haberlo
pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría
de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba
fuera, a la espera (...) La sirena de un paquebote que salía
para el mar soltó un ronquido potente, como debieron ser
los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez,
haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle,
el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre
me dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los
dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó
que lo mejor sería irse a dormir, No es que yo tenga mucho
sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se
callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo,
a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo,
Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a
la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy
para este lado, y el hombre resondió, Y yo para éste,
hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente
porque todavía están practicando en las artes. La
mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó
del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba,
pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las
velas, una en cada mano, él encendió un fósforo,
después, abrigando la llama bajo la cúpula de los
dedos curvados, la llevó con todo el cuidado a los viejos
pábilos, la luz prendió, creció lentamente
como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la
limpieza, no sería necesario decir que él pensó,
Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo
tiene ojos para la isla desconocida, he aquí como se equivocan
las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella
le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien,
él quiso decir lo mismo de otra manera, Que tengas sueños
felices, fue la frase que le salió dentro de nada, cuando
esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán
otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes,
como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas
con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría
tardado en entrar en el sueño, después imaginó
que andaba buscándola y no la encontraba en ningún
sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño
es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las
cosas y sus distancias, separa a las personas que están juntas,
las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a
pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo
fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero
fue él quien se pasó toda la noche soñando.
Soñó que su carabela nevegaba por alta mar, con las
tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino
sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón
y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía
cómo estaban allí los marineros que en el puerto y
en la ciudad se habían negado a embarcar con él para
buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la
grosera ironía con que lo trataron. Veía animales
esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual
de la crianza doméstica (...), el viento dio una cabriola,
la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba
lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso
sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros,
se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado
el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo
puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así.
El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer
de la limpieza y no la vio, Tal vez esté en la litera de
estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó,
pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa
cómo la sabe, que ella a última hora no quiso venir,
que saltó para embarcadero, diciendo desde allí, Adiós,
adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida,
me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él
pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió
el cielo y comenzó a llover, y, habiendo llovido, comenzaron
a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados
a lo largo de la amurada, no están allí porque se
sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino
porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos
sólo tendremos que transplantar los árboles frutales,
sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando
aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán
de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros
que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y
ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están
pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca,
siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber
y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta
gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del
timón, La isla desconocida es cosa inexistnte, no pasa de
una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fuero a ver
en los mapas y declararon que islas por conocer es algo que se acabó
hace mucho tiempo, Debíais haberos quedado en la ciudad,
en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos
buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje,
No sois marineros, Nunca lo fuimos, Solo, no seré capaz de
gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo
al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del
timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer
cuenta que ella era el reflejo de una otra tierra, una imagen que
hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los
hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron
que era allí mismo donde querían desembarcar, Ésta
es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces,
por sí misma, la carabela viró la proa en dirección
a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla
del embarcadero, Podeis iros, dijo el hombre del timón, acto
seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los
hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos,
los conejos y la gallinas (...) El hombre del timón contempló
la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo
abandonaban, al menos le habían dejado los árboles,
los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a
los mástiles y pendían de la amurada como festones.
Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado
los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado
y sembrado, sólo falta que venga un poco más de lluvia
para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje
a la isla desconocida comenzó, no se ve al hombre del timón
comer, debe ser porque está soñando, apenas soñando,
y si en el sueño le apeteciese un trozo de pan o una manzana,
sería un puro invento, nada más. Las raíces
de los árboles están penetrando en el armazón
del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas
dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las
copas y vaya encaminando la carabela a su destino.
Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas,
un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar
pájaros, debían de estar escondidos por ahí
y de repente decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha
ya esté madura y sea la hora de la siega. Entonces el hombre
fijó la rueda del timón y bajó al campo con
la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas,
vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado
a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos,
confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de
babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó
de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco,
de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía
le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con
la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda
de sí misma.
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